El túnel

“… en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío.”

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El túnel, novela del escritor, físico y pintor argentino Ernesto Sabato (1911-2011) es una pieza magistral para la literatura universal. Por su contenido, es claramente una novela existencialista[1]. La novela está estructurada con un estilo tipo diario con 39 capítulos cortos, concisos pero con una intensidad que al pasar de las hojas asciende cada vez más; provocándocandole al lector un enfrascamiento profundo con la obra. Así como “Crónica de una muerte de anunciada” de Gabriel García Márquez, la historia inicia afirmando la muerte de uno de los personajes para luego relatar lo hechos que llevaron al narrador y protagonista (Juan Pablo Castel) a cometer el crimen. Sabato, hace una ruptura de la estructura de la linealidad y el final sorpresa con la utilización de la retrospección como recurso narrativo.

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona. Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase “todo tiempo pasado fue mejor “no tiempo pasado fue mejor” no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que –felizmente- la gente las echa al olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que “todo tiempo pasado fue peor”, sino fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbrado un sórdido museo de la vergüenza.”

(Capítulo I)

El narrador y protagonista de esta novela a mi criterio es una fusión bien lograda de los personajes: Harry Haller (El lobo estepario) y Mersault (El extranjero); ambos protagonistas de dos novelas con matices filosóficos inigualables. Juan Pablo Castel es un individuo con una cosmovisión compleja y profunda, no obstante incomprendida por sus contemporáneos; acarreando a su ser en un nihilismo existencial, es decir en una faceta de su vida donde todos los sistemas de valores para él han sido quebrantados, sustentando la carencia del valor intrínseco de la existencia. En otras palabras, la náusea sartreana. Sin embargo, un hecho cambiará el transcurrir de su desdichada existencia,  la aparición de María Iribarne.

“[…] uno puede liberarse con la muerte, que sería, así, un especie de despertar. ¿Pero despertar a qué? Esa irresolución de arrojarse a la nada absoluta y eterna me ha detenido en todos los proyectos de suicidio. A pesar de todo, el hombre tiene tanto apego a lo que existe, que prefiere finalmente soportar su imperfección y el dolor que causa su fealdad, antes de aniquilar la fantasmagoría con un acto de propia voluntad. Y suele resultar, también, que cuando hemos llegado hasta ese borde de desesperación que precede al suicidio, por haber agotado el inventario de todo lo que es malo y haber llegado al punto en que el mal es insuperable, cualquier elemento bueno, por pequeño que sea, adquiere un desproporcionado valor, termina por hacerse decisivo y nos aferramos a él como nos agarraríamos desesperadamente de cualquier hierba ante el peligro de rodar en un abismo.”

(Capítulo XXI)

Pero ese puente (María Iribarne), se transfigurará para Juan Pablo Castel en el abismo más atroz y oscuro a fin de hacerlo navegar en un mar de dudas, llevándole a cometer un acto indeseado con el fin de calmar su brusco oleaje interno

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Sábato, expone notablemente en “El túnel” a través de la voz de Castel su influencia de las reflexiones de excelsos filósofos y escritores como: Schopenhauer, Nietzsche, Hesse, Sartre y Camus.

Aquí algunos fragmentos que validan lo dicho anteriormente:

“A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil.”

(Capítulo XXII)

“[…] que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda donde en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad.”

(Capítulo XXXVI)

“Conozco bastante bien el alma humana para prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me importa un bledo; hace rato que me importan un bledo la opinión y la justicia de los hombres. Supongan pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces superhombre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido.”

(Capítulo II)

“De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia.”

(Capítulo II)

“Diré antes que nada, que detesto los grupos,  las sectas, las cofradías, los gremios y en general esos conjuntos de bichos que se reúnen por razones de profesión, de gusto o de manía semejante. Esos conglomerados tienen una cantidad de atributos grotescos: la repetición del tipo, la jerga, la vanidad de creerse superiores al resto.”

(Capítulo III)

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El túnel es sin dudas; unas de esas obras que nos despierta el ímpetu de releer con la necesidad de poder decodificar esos signos internos, que como fantasmas o demonios, nos carcomen hacia al abismo. Haber leído esta novela ha sido una experiencia purificadora. Es un viaje insondable por la psiquis humana, la lucha constante y dialéctica entre el Ello, el Yo y el Superyó. En definitiva, Sábato con esta novela ha conquistado su inmortalidad; su voz interior será escuchada por siglos. De eso estoy seguro. Él, todo un maestro del arte del escribir.

Por: Julio Pérez Cabrera

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[1]  El existencialismo fue un movimiento filosófico-literario que llegó a su apogeo a mediado del siglo XX debido a las circunstancias que estaba presenciando la humanidad (guerras mundiales, crisis económicas, decadencia en lo moral)  lo que provocó a los filósofos e intelectuales de la época a cuestionarse sobre temas complejos como: el sentido de la vida, la libertad, la responsabilidad del individuo con el colectivo, entre otros tópicos. Este movimiento consideraba al hombre como un ser “arrojado en el mundo”, frase que mostraba el nivel de desasosiego y angustia del existir.

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